Acabas de salir de la devolución. Llevas los resultados en la mano y te has quedado un rato en el coche sin arrancar. Hay una parte de ti que está aliviada como no lo había estado en años. Y hay otra que está haciendo cuentas, y las cuentas no salen a favor.
Esta carta es para ese rato en el coche.
Del alivio se habla mucho, y con razón: es lo primero que llega y es enorme. Por fin hay una explicación para cosas que te llevabas atribuyendo a defectos tuyos desde que tienes memoria. Pero casi nadie cuenta lo otro, y lo otro también viene. Hay duelo.
Te lo digo enseguida para que no te asuste cuando aparezca: casi nunca es duelo por tener altas capacidades. Es duelo por el tiempo. Por la frase que aparece una y otra vez en consulta, en muchas versiones: «si hubiera sabido esto antes». No se refiere al informe. Se refiere a los años.
Y ese tiempo, cuando lo miras, casi siempre mira a su vez a tus padres. Llega la pregunta de por qué nadie lo vio. Merece la pena decirlo con claridad, porque aquí es fácil torcerse: no tenían ni idea. La información de entonces no decía mucho más, y lo que decía era la imagen del niño que se sabe trescientos decimales de un número, con la que tú no encajabas. Hicieron lo mejor que pudieron con lo que había, y lo que había era poco.
Aceptar las dos cosas a la vez, que pudieron equivocarse y que lo hicieron lo mejor que supieron, es parte del trabajo. No hay que elegir una. Son verdad juntas.
Después suelo hacer una pregunta, y te la hago a ti también. Si pudieras quitarte todo lo malo que te traen las altas capacidades a cambio de perder también todo lo bueno, ¿lo harías? En todos estos años, una sola persona me ha dicho que sí. Lo normal es que la gente se quede un momento en silencio y diga que no. Es un poco la caverna de Platón: cuando has salido y has visto, no quieres volver a meterte en la cueva, aunque dentro se estuviera más tranquilo y aunque fuera haga frío y haya cosas que ahora ves y antes no.
Con eso no quiero decir que el duelo no cuente. Cuenta, y hay que hacerlo. Lo que quiero decir es que no es duelo por lo que eres. Es duelo por lo que no supiste que eras, que es otra cosa y se lleva de otra manera.
Y aquí viene la parte que más me importa contarte, porque es cómo trabajamos.
Aquí no nos quedamos mirando hacia atrás. Lo que ha pasado importa, y hay que recolocarlo para poder actuar desde otro sitio, pero no vamos a pasarnos meses en lo que sentías a los ocho años. No es nuestro estilo. Tienes esto, te ha pasado esto, de acuerdo: se sufre, se elabora, se gestiona, y de ahí hay que seguir. La pregunta útil no es qué te quitaron. Es qué haces de aquí en adelante con lo que ahora sabes.
Y una cosa más, que la digo siempre y que a algunos les sorprende. Igual que no dejamos que nadie se esconda detrás de una hipersensibilidad, tampoco dejamos que nadie se esconda detrás de las altas capacidades. Lo que has aprendido de ti es información para tomar mejores decisiones. No es un techo, y tampoco es un sitio donde meterse a vivir.
Hay gente que necesita unas pocas conversaciones para colocar todo esto. Hay gente que necesita más, y hay quien vuelve a los seis meses porque saberlo le desordenó antes de ordenarle. Todo eso es normal, y para todo eso estamos.
Lo que te he escrito no sustituye una evaluación ni una consulta, y por carta se pierde lo que más importa, que es tu historia concreta. Pero si estás en ese coche sin arrancar, o si todavía no has llegado a él y solo tienes la sospecha, la puerta está abierta. Se puede empezar por una conversación de quince minutos. Vienes con lo que tengas, y a partir de ahí, si tú quieres, te acompaño en todo lo que necesites, hasta que lo necesites.
— Carol y el equipo de NeuroIncrea
