Esto va para ti, que llevas años dándole vueltas y no acabas de dar el paso.
Sé bastante bien cómo suena por dentro, porque me lo dicen mucho en consulta y casi siempre con las mismas palabras: «¿para qué me sirve saberlo a mi edad, si no voy a cambiar de vida?». Tengo cuarenta y tantos, un trabajo, una familia, una hipoteca. ¿Qué me aporta un informe ahora?
Te voy a contestar con honestidad, y la primera mitad de la respuesta te va a dar la razón.
Es verdad que no vas a salir de aquí siendo otra persona. Lo digo siempre con un nombre cualquiera para que se entienda: si entraste siendo Pepe, sales siendo Pepe. Una evaluación neuropsicológica no te reforma, no te sube el ánimo y no te arregla la semana. Si alguien te promete eso, desconfía. No es lo que hacemos aquí y, sinceramente, no es lo que se puede hacer.
Ahora la otra mitad.
Lo que cambia es lo que Pepe sabe de Pepe. Y con eso cambian cosas muy concretas, porque las decisiones que tomas dependen de la información que tienes sobre ti mismo. Dónde te estás exigiendo de más. Qué se te da bien de verdad y qué llevas años intentando compensar a pulso. Por qué determinadas situaciones te dejan agotado cuando a la gente de al lado no parecen costarles nada. Qué peleas eran tuyas y cuáles no lo fueron nunca.
Pepe en otro sitio sigue siendo Pepe. Lo que pasa es que ahora está en el sitio que le corresponde, y desde ahí se respira distinto.
Lo que veo cuando llega alguien de tu edad
Los adultos que vienen a evaluarse no llegan por curiosidad. Llegan porque llevan mucho tiempo con una sensación que no termina de cuadrar, y porque en algún momento se les ha juntado con un problema real: el trabajo, la pareja, un cansancio que no se va durmiendo, una ansiedad que apareció sin avisar.
Muchos han pasado antes por otros profesionales. No siempre porque les atendieran mal, sino porque nadie miró esa pieza. Y esa es la parte que a mí me interesa: no vienen a que les pongamos un nombre, vienen a entender por qué su cabeza funciona como funciona.
Conviene que sepas algo, porque me parece más útil que cualquier argumento de venta: buena parte de la gente con altas capacidades que hay por el mundo no ha necesitado nunca una consulta. Viven con esto sin ningún problema. Los que llegan aquí son los que lo están pasando mal por algún motivo, y eso no describe a todo el mundo con este perfil. Si te reconoces en lo que escribimos, no significa que te espere una vida difícil. Significa que quizá haya una explicación que te falta.
Qué es y qué no es evaluarse de adulto
Para que no te lo imagines peor de lo que es, te cuento el procedimiento habitual, que después se ajusta a cada caso.
Primero hay un contacto. Una llamada o un correo, y una respuesta que suele ser la misma: si tienes estas dudas, probablemente sea por algo, vamos a verlo.
Luego vienen cuatro sesiones de una hora de pruebas. Se pasa una prueba de inteligencia, que es la parte más básica, pero también una de creatividad (hoy está comprobadísimo que va muy de la mano) y una serie de pruebas de funciones ejecutivas, que son todas esas cosas que nos dirigen hacia una meta: proponerla, elegir el camino, y corregirlo cuando algo falla. Esas nos dicen cómo utilizas la inteligencia que tienes, que es bastante más interesante que saber cuánta tienes. Te pongo un ejemplo: si tu capacidad de dejar a un lado la información irrelevante es baja, tu forma de trabajar va a ser muy distinta de la de alguien que la tiene alta, aunque los dos puntuéis parecido.
Después una sesión de historia clínica (infancia, familia, historia académica y laboral) y, al final, la devolución, que es donde de verdad se te lleva algo: no solo si está la condición o no, sino cómo funcionas, dónde tienes tus puntos fuertes, dónde pinchas y qué recomendamos hacer con todo eso.
Y no te engaño con una cosa: las pruebas de atención son aburridas. Las de razonamiento suelen gustar bastante, son retos, se parecen a un pasatiempo que se va poniendo difícil. Las de atención no. Hay que medirlo igual, así que lo aviso desde el principio.
«¿Y si me evalúo y resulta que no lo soy?»
Esta es la pregunta que de verdad frena a la gente, más que el dinero y más que el tiempo. Y tiene todo el sentido, porque has construido parte de tu identidad sobre la idea de que hay algo distinto en cómo piensas. No que seas más listo que nadie, sino que llegas a otras conclusiones, que profundizas donde otros se quedan en la superficie. Que te rompan eso da miedo.
Mientras no lo mires, la cosa se queda en un sitio cómodo: eres y no eres al mismo tiempo. En el fondo todo el mundo quiere saberlo. Lo que da miedo es saberlo.
Te cuento lo que pasó con el único adulto que hemos evaluado y no salió con altas capacidades. Venía derivado, con un momento vital complicado, y le mandaron por si acaso porque le daba muchas vueltas a todo. No salió, pero sí salió un perfil de alto rendimiento, y aquella devolución fue de las más útiles que recuerdo. Entendió dónde podía exigirse y dónde no, y sobre todo entendió que no tenía que rendir desde el minuto cero: que necesitaba un rodaje y que a partir de ahí llegaba muy lejos. Dejó de compararse con gente que aprendía más rápido que él, porque el que aprende más rápido no tiene por qué llegar más lejos. Vais a ritmos distintos y ya está.
Lo agradeció muchísimo. Se agradece mucho entender.
Lo único que te podemos prometer
Información, y entenderte mejor. No es una promesa comercial, es una consecuencia: si tienes mejor información sobre ti, tomas mejores decisiones. Así de sencillo, y así de poco espectacular.
Por eso, cuando alguien me pide «solo la prueba», digo que no. A mí me gusta hacer la evaluación entera, porque si te estás matando en algo que no se te da bien cuando hay otras cosas que sí, vas a generarte mucho sufrimiento tú solo, y eso no lo arregla un número.
Lo que has leído aquí no sustituye una evaluación individual. Es lo que le explico a la gente que se sienta delante de mí con esta misma duda, y por escrito pierde los matices que se ven en una cara.
Si llevas tiempo notando algo que no te termina de cuadrar, vale cualquier paso. Un mensaje, un correo, una llamada, lo que menos te cueste (a mí llamar por teléfono me cuesta un mundo, así que no voy a juzgarte por eso). Al otro lado no hay una recepción pidiéndote un número: hay una profesional que te va a decir cuéntame más. No hace falta que vengas con la respuesta. Vienes con la duda.
Y si al final no hay nada, todos contentos. Si lo hay, lo habremos cogido a tiempo.
— Carol y el equipo de NeuroIncrea
