Doble excepcionalidad: cuando la inteligencia tapa otra cosa

Ilustración de una niña levantando la mano bajo un foco de luz mientras su sombra en la pared carga una mochila enorme y enredada que nadie ve

La doble excepcionalidad no es un nombre bonito que se hayan inventado los neuropsicólogos para parecer más sofisticados. Es lo que pasa cuando una persona tiene a la vez altas capacidades y otra condición que también la define: un TEA grado 1, una dislexia, un TDAH, una hipersensibilidad sensorial, una ansiedad de fondo. Las dos cosas existen a la vez, y casi siempre se enmascaran mutuamente.

Antes de seguir, una aclaración que la gente no suele saber. Las altas capacidades no son un diagnóstico clínico. Un diagnóstico clínico habla de un trastorno; las altas capacidades no lo son. Son una ventaja, aunque puedan suponer una desventaja en según qué contextos. Por eso, cuando hablamos de altas capacidades junto a otra condición, no decimos «comorbilidad» (que se usaría con dos trastornos). Decimos «doble excepcionalidad», 2E para los amigos.

Por qué pasa tan desapercibida

La 2E es escurridiza por una razón muy concreta. Si tienes una inteligencia muy alta, eres extraordinariamente bueno tapando la otra cosa. Si tienes dificultades de lectura, vas encontrando atajos: no leo en voz alta, con dos palabras me hago una idea del texto, en el examen tiro de razonamiento y compenso. Si tienes TEA grado 1, aprendes a leer las situaciones sociales como quien aprende un idioma extranjero: por reglas, por patrones, por imitación. Si tienes TDAH, te puedes permitir desconectar la mitad de la clase y rendir igual que el resto, porque en el rato que estás conectado entiendes todo a la primera.

La cara B de esto es que la dificultad (la que sea) acaba tapando la alta capacidad. Si tu rendimiento académico es mediocre, nadie va a sospechar que detrás hay un cerebro muy potente. Si en grupo dices una tontería como un castillo, nadie va a recordar que hace un minuto soltabas un razonamiento de nivel altísimo. Y aquí conviene hacer una distinción importante: una cosa es el potencial de inteligencia, y otra muy distinta es la conducta inteligente. Se puede tener un potencial muy grande y comportarse de forma estúpida, irracional o ilógica. Pasa.

Quién llega a consulta y cómo

Uno de los perfiles que más nos llega últimamente es el de personas jóvenes, especialmente mujeres. Llegan con un agotamiento tremendo, una ansiedad que arrastran desde hace años, a veces episodios depresivos. Vienen ya con varios diagnósticos previos a la espalda: les han dicho trastorno límite de personalidad, depresión recurrente, trastorno de ansiedad generalizada, lo que sea. Y nada de eso acaba de encajar.

Lo que ocurre con frecuencia es que ya saben que tienen altas capacidades. Lo descubrieron en algún momento, a veces en una evaluación reciente. Pero la otra parte (un TEA grado 1, por ejemplo, que en mujeres tiene patrones distintos a los descritos clásicamente) no la ha visto nadie. Y cuando, en consulta, se la sugieres, la respuesta más habitual es: «si es que me encaja perfectamente, si es que eso tendría todo el sentido del mundo, mucho más que tenga un trastorno límite».

La ansiedad y la depresión, en estos casos, no son el problema de base. Son el resultado de años disimulando. Años de hipervigilancia social, de enmascaramiento, de «tengo que parecer normal en esta reunión». Eso, sostenido en el tiempo, deja un poso fisiológico (cortisol crónico, agotamiento, insomnio) que parece un cuadro psiquiátrico independiente y que en realidad es la sombra de una 2E no detectada.

Cómo lo identificamos: el factor G y las «puntuaciones en sierra»

Para entendernos: en el mundo de la inteligencia hay un concepto que se llama factor G. Es algo así como una capacidad transversal: lo que hace que, por lo general, a una persona con altas capacidades casi cualquier tarea cognitiva se le dé bien. Le pones algo que no había visto nunca y, sin conocimientos previos, se adecúa rápido, entiende, resuelve.

Cuando vemos que esa transversalidad no se da, cuando la persona puntúa muy alto en razonamiento fluido pero su razonamiento verbal está dentro de la media, o cuando hay diferencias muy marcadas entre el visoespacial y la memoria de trabajo, lo llamamos «puntuaciones en sierra». Son picos y valles dentro del mismo perfil. Y ahí es donde, como clínicos, levantamos la mano: tenemos que indagar más. Hay algo asimétrico ahí, y la asimetría es la pista típica de una doble excepcionalidad.

Ojo: las puntuaciones en sierra no son, por sí solas, un diagnóstico. Son una señal para mirar mejor. Cada caso, cada momento, cada espacio.

Lo que no es 2E

Aquí es donde conviene poner un poco de orden, porque el término se está empezando a usar de una manera laxa.

La doble excepcionalidad no es «ser muy listo y muy intenso». Eso, sin más, no es una segunda condición. Tener altas capacidades y ser hipersensible a nivel emocional, por ejemplo, es la combinación más habitual del mundo en nuestra clínica, y no por eso hablamos de 2E con todo el mundo.

Tampoco es «tener altas capacidades y haberlo pasado mal en el colegio». Pasarlo mal en el colegio es, lamentablemente, muy frecuente cuando tu cerebro va a otra velocidad y el entorno no te acompaña. No es, automáticamente, un trastorno asociado.

Y no es, desde luego, ese perfil de redes sociales de «todos los superdotados tenemos TDAH». Eso lo digo claro: no, no todos. Hay solapamientos, hay patrones que se parecen, pero un diagnóstico serio se hace evaluando, no leyendo un carrusel de Instagram.

Lo que ayuda cuando se detecta

Cuando una 2E se identifica, el alivio inicial es enorme. De repente, años de «no sé qué me pasa» tienen una explicación coherente. Pero el trabajo terapéutico que viene después no es trivial. Hay que desmontar bastantes capas.

Por una parte, hay que trabajar la parte concreta de la condición asociada: si hay TEA grado 1, entrenar habilidades sociales sutiles con apoyo de realidad virtual; si hay dislexia, ajustar estrategias de estudio; si hay TDAH, reorganizar el día de forma que el cerebro pueda producir. Por otra, hay un trabajo importante de autoconcepto. Muchas de estas personas han basado su identidad en que «lo suyo es ser inteligente». Cuando se les añade que hay además otra condición que también explica una parte de quiénes son, hay que cuidar cómo se integra eso. No para esconderse detrás de ella, sino para entenderla. Aquí venimos a entender para solucionar, no a entender para escondernos.

Y hay una parte sistémica: cómo se lo cuentan a la pareja, a la familia, al equipo de trabajo, si se lo cuentan. Eso lo decide cada paciente. Nosotros acompañamos.

Si te has reconocido en esto

Si has leído hasta aquí y algo te ha resonado (porque tienes un diagnóstico de altas capacidades y sientes que no termina de cuadrar, porque arrastras varios diagnósticos previos que parecen contradecirse, porque cuando lees sobre TEA en mujeres adultas o sobre TDAH en mujeres adultas te ves más de lo que esperabas), no significa que tengas una 2E. Significa que tiene sentido evaluarlo bien.

Si quieres empezar por algo pequeño, tienes una autoevaluación orientativa de altas capacidades para adultos. Y cuando quieras hablarlo, escríbenos o llámanos. No hace falta que vengas con la respuesta. Vienes con la duda. Eso es lo que toca.