El pensamiento arborescente no es un nombre bonito para decir «pienso mucho». Es una manera concreta de procesar que tiene consecuencias muy concretas, y la más conocida tiene también nombre: parálisis por análisis.
Lo explico como lo explico en consulta, porque cuando alguien lo oye por primera vez suele decir «eso, eso es lo que me pasa», y a partir de ahí la conversación cambia.
Ramas
Ante una incógnita, una decisión, una pregunta cualquiera, la mayoría de la gente ve dos o tres caminos, y de cada camino unas cuantas consecuencias. Tengo que decidir entre A y B, A me lleva a estas cinco cosas, B a estas otras cinco. Se elige y se sigue.
Una persona con altas capacidades ve muchas más opciones. Y cada opción no tiene cinco consecuencias, tiene veinte, y cada una de esas veinte abre las suyas. El árbol se ramifica hasta arriba. No es que piense más despacio, es que ve más ramas, y las ve a la vez.
De ahí sale la parálisis. Son demasiadas posibilidades como para andar decidiendo, y el resultado es el inmovilismo: en cuanto das un paso ya estás eliminando la mitad de lo que estabas contemplando, y eliminar la mitad de un árbol enorme cuesta. Así que no se da el paso. Desde fuera parece indecisión. Desde dentro es otra cosa: es que la decisión pesa el doble porque se ve el doble.
El «¿qué tal?» y el «bien»
Donde más se nota no es en las decisiones grandes. Es en las pequeñas, y sobre todo en las relaciones.
Alguien te pregunta «¿qué tal?». Es una pregunta de tres letras. Pero para contestarla de verdad tendrías que explicar lo que pasó el mes pasado, y para que eso se entienda, lo de antes, y aun así se te quedaría la mitad fuera. Ves el árbol entero de lo que habría que contar, calculas lo que cuesta, y contestas «bien».
No es reserva. No es frialdad. Es cálculo de coste, hecho en un segundo y sin darte cuenta.
Y de ese mismo mecanismo sale una cosa que mucha gente con altas capacidades cuenta en consulta con bastante vergüenza: la sensación de estar fingiendo las emociones. No porque no las tengan, sino porque para cuando toca expresarlas ya les han dado tantas vueltas por dentro que salen elaboradas, ordenadas, casi explicadas. Y una emoción explicada no parece una emoción. Parece una actuación. La persona se oye a sí misma diciendo «estoy triste» y piensa que está fingiendo, cuando lo que pasa es que la tristeza llegó hace dos horas y ya la ha pensado.
Cuando entiendes que sientes después de entender, y no en vez de sentir, se quita bastante culpa de encima.
Lo que no es
Conviene decir lo que no es, porque en redes esto se distorsiona en dos frases.
No es un defecto de carácter. Es una forma de procesar, y es la misma que te permite ver a tres pasos lo que otros ven a uno, anticipar problemas que nadie ha visto todavía, o resolver algo en la cabeza antes de que nadie haya terminado de plantearlo. Cansa, sí. Y también sirve.
No es tampoco una prueba de nada. Hay gente que le da muchas vueltas a las cosas y no tiene altas capacidades, y hay gente con altas capacidades que decide rápido y bien. Lo que describo aquí es lo que veo en quien llega a consulta con este perfil, que es una parte pequeña de todas las personas que lo tienen. La mayoría vive con su árbol sin que sea un problema, y muchas ni saben que lo tienen.
Qué se hace con esto
Aquí no trabajamos hacia atrás. Lo que te ha pasado importa y hay que recolocarlo para poder actuar desde otro sitio, pero la pregunta útil es qué haces de aquí en adelante con un árbol así.
Y se puede hacer bastante. Se puede aprender a cerrar ramas a propósito, a decidir con información suficiente en vez de con toda la información posible, que es una cantidad que no existe. Se puede aprender a contestar «¿qué tal?» con una rama y guardar el resto para quien tenga tiempo de escuchar el árbol. Y se puede, sobre todo, dejar de leerse a uno mismo como indeciso o como frío, que son dos etiquetas que la persona se ha puesto sola y que no describen lo que pasa.
Nada de esto es un diagnóstico, y por escrito se queda a medias, porque lo interesante siempre aparece cuando alguien me cuenta su árbol concreto. Si te has reconocido en esa decisión que llevas meses sin tomar, o en ese «bien» que dices tres veces al día, se puede mirar con calma. Si después de mirarlo no hay nada, todos contentos. Si lo hay, por lo menos sabrás por qué pesa tanto elegir.
