Estás sentada en la devolución de tu hijo. Yo estoy explicando por qué hace lo que hace, y tú llevas veinte minutos asintiendo con una cara que conozco. En algún momento lo dices en voz alta, casi sin pensarlo: «pero esto es igual que yo».
Y luego, casi siempre, viene la segunda parte: «aunque bueno, eso lo ha sacado del padre».
Hay dos momentos, y el primero no cuenta
El primero es la historia clínica. Mientras me cuentas cómo era tu hijo de pequeño, vas dejando comentarios al margen: uy, eso me pasaba a mí; esto también; yo era igual con los ruidos. Los dices de pasada, como quien aporta un dato de contexto. Ahí todavía no está pasando nada.
El segundo es la devolución, y ese sí cuenta. Porque es donde explico que las altas capacidades no son que el niño resuelva una cuenta rápido, sino todo lo que viene con ello: la intensidad, el aburrimiento, la sensibilidad a la injusticia, la forma de razonar, la manera de encajar con los demás. Cuando esa lista se abre delante de ti, dejas de comparar a tu hijo con un estereotipo y empiezas a comparar contigo. Y ahí llega, bastante literal: «¿te acuerdas de que te dije que a mí me pasaba igual?».
Bastantes vienen a evaluarse después de esa frase.
La vara de medir
La pregunta interesante no es por qué lo ves ahora. Es por qué no lo habías visto antes, si el material lo tenías delante toda la vida.
Y la respuesta tiene poco misterio: la vara con la que mides a tu hijo y la vara con la que te mides tú no son la misma vara.
Con tu hijo eres generosa. Cualquier señal cuenta, y así debe ser: es tu hijo, le miras con cariño y con ganas de entenderle. Contigo eres estricta, racional, ajustada. Le pides pruebas a todo. La misma cosa que en él te parece un indicio, en ti la descartas antes de terminar de pensarla, porque enseguida aparece el «hombre, tampoco es para tanto».
Hay una cosa más, y con los padres de tu generación se repite mucho: venís de una idea antigua de lo que es esto. La idea de que altas capacidades significa recitar trescientos decimales de un número o resolver integrales a los nueve años. Como tú no hacías eso, das por hecho que no va contigo. Y por eso, cuando abro el abanico de verdad, se cae la objeción sola.
«Lo ha sacado del padre»
Esta frase merece su propio apartado, porque me la dicen mucho y casi siempre las madres.
No creo que sea casualidad. Las mujeres tienden a no hacerse esa pregunta si no tienen un motivo muy claro delante, y «han diagnosticado a mi hijo» es el motivo más claro que existe. Así que la primera reacción suele ser apartarla: no, no, eso viene de él.
En varios de estos casos, al evaluar, resultó que la parte más alta del perfil era la de la madre. Y no lo cuento como una competición, porque no lo es y no ayudaría a nadie plantearlo así. Lo cuento porque lo que se repetía era muy concreto: la zona verbal, que es exactamente la que se pierde en la infancia. A una niña que calcula a toda velocidad la detectan. A una niña que entiende, matiza y argumenta como una adulta le dicen que es muy trabajadora, y ahí se queda.
Ojo con una cosa, que es importante para no leer esto como si fuera genética de manual: esto no funciona como el color de los ojos, y que tu hijo tenga un perfil no determina el tuyo ni al contrario. Lo que hay es un componente familiar conocido y una biografía tuya que nadie miró nunca.
Qué se llevan
Te lo digo sin adornos, porque es lo que veo: no se llevan un título.
Se llevan poder entenderse, y sobre todo poder recolocarse. Es quizá lo más bonito de evaluar a un adulto. Durante años todo el mundo intentaba ponerte en un sitio; tú sabías que ese sitio no era el tuyo, pero no tenías con qué explicarlo. Y de pronto entiendes por qué no encajabas ahí, y puedes ponerte donde te corresponde.
Cuando sale, todo el mundo respira. Las madres que llegan por su hijo respiran un poco más que nadie, porque venían con menos certeza que el adulto que pide cita por su cuenta.
Y una advertencia honesta, para que no te vendas una película: saberlo no arregla la semana siguiente. Hay quien sale de la devolución con la sensación de que se le ha descolocado todo antes de recolocarse, y es normal. Va por dentro y va despacio, porque sois personas que le dan muchas vueltas a las cosas, y ahora les vais a dar vueltas con información nueva.
Nada de lo que has leído aquí es un diagnóstico, tampoco a distancia. Es lo que hablo en consulta con padres y madres que llegan por su hijo y acaban preguntando por ellos, y por escrito se queda corto, porque lo bueno aparece cuando puedo preguntarte a ti.
Si te viste en cada página del informe de tu hijo, esa impresión merece mirarse. Aquí también evaluamos adultos, y el primer paso puede ser el que menos te cueste: un mensaje, un correo o una llamada. Al otro lado hay una profesional, no una recepción.
Ya conoces la casa y ya sabes cómo trabajamos. Solo falta que esta vez la silla sea la tuya. Te esperamos cuando estés lista.
