Lo que viene es un caso compuesto. No es una persona: son varias, mezcladas a propósito, con la edad cambiada, la profesión cambiada y los detalles cambiados. Lo hago así porque el patrón se repite tanto que se puede contar sin señalar a nadie, y porque ninguna historia real de consulta sale de aquí.
Le vamos a llamar Marta. Tiene treinta y ocho años.
Cómo llega
Marta no pide cita por las altas capacidades. Pide cita porque lleva un año durmiendo mal y porque en el trabajo ha empezado a pasarle algo que no sabe nombrar: hace lo que le piden en dos horas y las otras seis las gasta en sus cosas, con una mezcla incómoda de alivio y de vergüenza. No es que le sobre el tiempo. Es que nadie le ha pedido nada más.
En la primera entrevista aparece otra cosa, casi de pasada. Dice que en las cenas se siente «a un paso». Está, participa, se ríe cuando toca, y por dentro tiene la sensación de estar mirando la escena desde un poco más atrás. Lo cuenta pidiendo perdón, como si fuera una queja fea.
Y después la frase que oigo mucho, en muchas versiones: «yo sé que hay algo raro en mí, pero no sé qué es».
Lo que había debajo
Cuando rascas la historia de Marta, no encuentras un episodio dramático. Encuentras acumulación.
De pequeña le pasaba que no iba a la par. Cuando el grupo se emocionaba con algo, a ella le daba bastante igual, y cuando el grupo se ponía triste, ella estaba en otro sitio. No le faltaba emoción, le sobraba desfase. Y como eso no se puede explicar a los diez años, aprendió lo que aprenden muchas: a mirar qué hacían las demás y a hacer eso.
Con los intereses fue parecido. Los suyos no le servían para conversar con nadie, así que dejó de sacarlos. Aquí es donde suelo poner el ejemplo del museo, porque a la gente le hace clic: le apetece proponer un plan (una exposición, una charla, un tema de conversación) y no lo propone, porque da por hecho que ella es la rara. Nadie le ha dicho que no. Simplemente nunca lo preguntó, así que nadie se enteró de que le apetecía.
En la vida adulta eso se convierte en algo que se ve poco desde fuera y pesa mucho por dentro. Conoce gente maja, gente con la que está a gusto, y aun así siente que no puede soltarse del todo, porque si se suelta se van a dar cuenta de que hay algo mal. Presenta el escaparate y guarda el trastero. Eso, en consulta, aparece siempre con el mismo nombre puesto por ella misma: síndrome del impostor.
La escena del cambio de nivel también está en su historia. En una conversación cualquiera aporta una idea tres pasos más allá, y se hace un silencio raro, y alguien cambia de tema. Lo ha leído toda la vida como «me he pasado». Merece la pena decir la otra lectura, porque es igual de frecuente: a veces la gente se queda callada porque está procesándolo, y media hora después vuelve al asunto y te pregunta.
Qué pasó en la devolución
La evaluación de Marta salió con altas capacidades, con la parte verbal bastante por encima del resto, que es justo la que más pasa desapercibida durante la infancia. A una niña que resuelve cuentas a toda velocidad se la detecta. A una niña que entiende y matiza como una adulta, no.
El primer momento fue alivio, y no por vanidad. Tenía miedo real de que no saliera, porque llevaba media vida sosteniendo una intuición sin permiso para tenerla.
Lo siguiente fue lo que pasa siempre, y me parece la mejor señal de que la cosa va bien: «¿y ahora qué hago con esto?». La gente no se queda con el dato. Quiere el mapa.
Y lo tercero, dos semanas después, la frase de siempre: menos mal que me lo diste por escrito. A los quince días empiezan a dudar de todo otra vez y necesitan volver a leerlo.
El matiz que no me quiero saltar
Todo lo que te he contado de Marta describe a quien llega a consulta. No describe a todas las personas con altas capacidades.
Hay muchísima gente con este perfil que nunca ha tenido ninguno de estos problemas, que está perfectamente adaptada y que no necesita a nadie como yo. Hay estudios de personalidad en altas capacidades y no aparece un patrón único, ni más patología que en el resto de la población. De hecho, en bastantes casos funciona como un factor de protección.
Los que llegan aquí son los que se sienten marcianos y no han encontrado la manera de estar cómodos siéndolo. Que es otra cosa.
Y una última: nada de esto es una lista de comprobación. Si te has reconocido en cuatro cosas de las que he escrito, eso no te convierte en nada. Solo significa que hay una pregunta que llevas tiempo sin hacerte en voz alta.
Esto que has leído no sustituye una evaluación individual, y por escrito pierde lo que más importa, que es el matiz de cada historia. Si llevas tiempo con esa sensación de no cuadrar, se puede mirar con calma. Si después de mirarlo no hay nada, todos contentos. Si lo hay, ya no tendrás que explicártelo solo.
