Se sienta. Se quita la chaqueta. Y en algún momento de la primera hora le explico que hay gente que piensa con una vocecilla y gente que piensa en imágenes.
Se queda muy quieto. «Espera. ¿Eso tiene nombre?».
De todas las cosas que cuento en una devolución, esta es la que más remueve. No la puntuación, no el informe, no el nombre de la condición. Esta.
Dos formas de pensar que casi nadie compara
La mayor parte de la gente tiene un monólogo interior. Una especie de narrador que va llevando el hilo: te vas contando lo que piensas, con palabras, en orden, casi como si lo dictaras. Para muchísimas personas pensar suena.
Otras personas no funcionan así. Piensan en modo vídeo. No hay narración: hay escenas. La idea aparece montada, entera, y después toca el trabajo de traducirla a palabras para poder contársela a alguien. Es un paso extra que quien piensa con voz no tiene que dar, porque su pensamiento ya venía en el mismo formato en el que se habla.
Ninguna de las dos es mejor. Y aquí conviene un aviso, porque es de las cosas que se distorsionan enseguida en redes: pensar en imágenes no es una prueba de altas capacidades. Es frecuente en este perfil, pero no lo tienen todas las personas con altas capacidades, y hay gente que piensa en imágenes sin tener nada que ver con esto. No es un test. Es una diferencia de funcionamiento que, cuando se nombra, explica mucho.
Por qué aquella conversación no salió bien
Lo bonito es lo que pasa después, cuando la persona empieza a repasar su vida con esta información puesta.
Casi todos llegan al mismo sitio: a una conversación concreta que se les quedó atravesada. Una discusión con una pareja, una explicación en el trabajo, algo que intentaron contarle a su madre hace quince años. Creían haberlo explicado. Lo habían visto tan claro por dentro que dieron por hecho que el otro estaba viendo lo mismo. Y no. Habían descrito una parte, la que consiguieron traducir, y el resto se quedó dentro.
Cuando descubres que la otra persona no estaba viendo tu escena, dejas de leer aquello como mala fe o como torpeza. Se convierte en un problema de traducción, que es una cosa muy distinta y bastante más manejable.
Hay más piezas que suelen encajar a la vez, porque no vienen sueltas.
Las decisiones. Donde otra persona ve dos opciones con cinco consecuencias cada una, hay quien ve muchísimas más ramas, y cada rama con las suyas. A eso lo llamamos pensamiento arborescente, y produce algo que la gente describe muy bien sin conocer el término: no poder decidir, porque en cuanto das un paso eliminas la mitad de lo que estabas contemplando.
El «¿qué tal?» y el «bien». Si para contarte de verdad cómo estoy tengo que explicarte lo de hace un mes, y para que eso se entienda lo de antes, y aún así se me va a quedar la mitad fuera, acabo diciendo «bien». No es reserva. Es cálculo de coste.
Se puede encender la voz
Una cosa práctica, porque no todo es diagnóstico y descripción.
Quien piensa en imágenes puede activar el monólogo interior cuando le conviene. No es automático y cuesta un poco al principio, pero se puede. Y merece la pena, porque el hilo verbal sirve para algo muy concreto: ordena, secuencia y hace comunicable lo que tú ya has visto de golpe. Es la diferencia entre tener la idea y poder defenderla en una reunión.
A la inversa también pasa. Hay gente muy verbal a la que le viene bien aprender a dibujar lo que está pensando, literalmente, en un papel.
Qué hacer con esto
Nada de lo que has leído aquí es un diagnóstico, y no pretende serlo. Es lo que explico en consulta cuando alguien me pregunta cómo es su cabeza por dentro, y por escrito se queda a medias, porque lo interesante siempre aparece en el ida y vuelta.
Si te has reconocido, lo que te da respuestas no es una lista en internet: es una evaluación completa, con pruebas estandarizadas, que mire tu inteligencia y también cómo la usas. Y si tienes la duda desde hace tiempo, vale incluso una llamada de quince minutos. No hace falta que vengas con la respuesta.
